
Lo que me llevo del Illia:
Bariloche. Detrás de todo el negocio de este viaje, sigue siendo "mágico". Me llevo los mejores recuerdos y anécdotas.
El viaje de medio. Fue una experiencia única, no sé si en algún momento voy a poder volver a hacer un viaje como este. Aprendí muchísimo sobre mi propio país, en cuanto a historia, geografía, cultura, personas. Conocí desde otra perspectiva a mis compañeros y descubrí cosas nuevas de ellos, además de relacionarme con algunos con los que nunca había hablado. También reconocí mis límites y ciertas cosas en mi forma de ser que no me gustaron tanto.
Los chusmeríos de pasillo. Es increíble cómo se pone a prueba la imaginación de la gente para inventar cosas, y lo divertido que puede llegar a ser enterarte de secretos, verdaderos o falsos (más probablemente falsos), de alguien que no conocés, o que hasta te cuesta darse cuenta de quién están hablando, pero igual es interesante.
El buffet. Por más que tenga el lugar sea demasiado chico y tenga un penetrante olor a comida desde la mañana, la admirable personalidad de Fer, Vivi y Lau hacen que todos los días empiecen bien.
El patio. La parte más linda del colegio, donde tengo los mejores recuerdos, las mejores charlas, los mejores ratos libres.
Vivir entre personas tan distintas nunca puede ser algo negativo. Del Illia me llevo las personalidades más particulares que pude conocer, tanto de profesores como estudiantes.
Debates, política, marchas, asambleas...
Un curso cálido, sin competencias, donde tener clase no es un placer pero se hace un poco menos molesto.
Los amigos. Dicen que en la secundaria se conocen a los amigos que son para toda la vida. Personalmente, me encantaría tener la suerte de poder tenerlos cerca siempre. Mari, Angie, Lau, Agus, Becho, Jime, Marcos, Moretti, Joan.