Popurrí

"El Invitado"

por mí

 

Yo creía ser distinto, por lo menos en cuanto a los pensamientos y su modo de producción y procesamiento, del resto del conjunto que conformaba a la sociedad. De todos modos, el hecho es que, al llegar a mi casa, hallé al Hombre parado allí, esperando mi llegada. Para mí, ese hombre no era un desconocido, me era extrañamente familiar, pero no podía identificarlo. Había llegado hacía poco, pues él también tenía el sobretodo empapado, que procedió a quitarse al ver que yo hacía lo mismo. Como dije, el extraño no me alertó en absoluto (hecho que llamó mi atención luego). Nos dirigimos una mirada profunda, que mantuvimos por unos momentos y, sin mediar palabra, me senté en un sillón, hecho que fue acompañado por un ademán destinado al extraño, con el fin de que imitara mi situación. Yo tenía la vista en un punto fijo, observaba cómo una pequeña partícula se movía en el aire, que terminó por posarse plácidamente en el apoyabrazos de mi sillón, con su inmaculado tapizado, interrumpida su perfección por esa minúscula partícula, la que procedí a remover. Al alzar la mirada, vi que ya estaba sentado, como yo esperaba. Ante mi silencio, el Hombre se dirigió a mí en forma fría, casi tanto como su aspecto, que era de un hombre descuidado, con barba de algunos días, pelo enmarañado, y con una vestimenta sucia y harapienta. Además, tenía un extraño brazalete en su mano izquierda, tal vez un reloj, aunque no vi el vidrio y las agujas. Hacía calor en mi salón, había una especie de vapor en el aire, que velaba las imágenes que mi cerebro recibía. Todo aquello me impacientaba bastante; las marcas de barro en la alfombra me impacientaban demasiado. Debía ignorar su presencia, era cada vez más importante no pensar en él, en sus marcas y en la penetrante mirada que sostenía. Para escapar al éxtasis persecutorio en el que esa persona me había sumido, decidí vaciar la primera botella que encontrase, que en mi suerte, fue una de ginebra. Varias copas. Inconsciencia, el placer de la soledad. Luego, luces. Sonidos… Silencio.
En sueños, una sombra se acercaba a una mujer que caminaba rápidamente por una vereda, en la oscuridad de una noche fría, lluviosa. Sin mediar palabra la golpeaba, y ya inconsciente, la llevaba hasta un departamento. La víctima yacía en el suelo. Sangre en el suelo, vidrios rotos. De pronto, ya en ese delirante sopor, me moví en esa pesadilla interminable, y me corté. La botella de vidrio estaba en el suelo embebido en ginebra. No fue el dolor de la herida, sino el horror de lo que vi lo que me sobresaltó. La mujer de mi sueño estaba allí, a mis pies. No era un sueño, o si lo era, el estado de trastorno que tenía en aquel momento realmente era inhumano, infernal. Al verla en el suelo, la desesperación me invadió, impotente ante algo tan estúpido como la muerte. Paralelamente, una inexplicable sensación atravesó mi cuerpo. Un escalofrío. Su mirada, y la del Hombre.
Estaba parado, con una mueca de perturbada suficiencia que me era insoportable a la vista. Con el primer golpe, cada fragmento de vidrio reflejó mi insana reacción.
El sobretodo empapado, no sólo con agua, sino también con la sangre de la mujer, que teñía todo de un color sombríamente divino, la barba y el pelo desarreglados (cubiertos por una frágil manta de agua), un par de esposas en mi mano izquierda, el corte de la botella, y mi puño ensangrentado y repleto de fragmentos del… espejo.

 

"El creador tiene un plan maestro"

por mí

Todo se iba sucediendo de la manera que él lo había planeado. Nada podía arruinar aquel precioso momento de perfección infinita, o eso creía. Se equivocó. Lo que se creía perfecto, no lo era, y lo que se sabía que era imperfecto, lo era aún más.
Pero intentó no desesperarse, no era algo tan grave: era el creador de aquella cosa, debía mantener la calma; le fue completamente imposible.  
Salió de aquel lugar, y fue a otra habitación. En su exterior, era un atardecer cálido, agradable, mas en su interior, el caos reinaba su mente, que intentaba abstraerse, deliberar lo que haría a continuación. En ese estado de meditación, como si su cuerpo ya no fuera suyo, sintió que estaba encerrado en un lugar cada vez más diminuto. Las paredes se acercaban, y él no podía escapar. No podía creer que alguien como él hubiera terminado en esas terribles condiciones. Un vacío infinito rondaba el lugar, no tenía a dónde ir.  
Su mente estaba oprimida por los problemas que ahora tenía, que eran mayores que cualquier otro que hubiera tenido nunca. Era algo imposible de entender, o de sentir, pero él lo entendía y lo sentía. Luces multicolores invadieron el lugar, una especie de salvación abstracta. Era algo tan extraño, no podía entender, aunque lo entendiera, por qué sentía eso, ese vació infinito, que lo entristecía y lo inspiraba a la vez. Todas esas cosas comenzaron a desaparecer, junto con la desesperación que momentos antes lo había empujado a la más absoluta desolación. Así comprendió que aquella creación no debía ser perfecta, porque estaba creada por un humano para otros humanos. Esa sensación tan extraña, aunque hubiera sido ideada, no había sido producida por él mismo, sino por otra persona.  La buscó por tanto tiempo, que el olvido había comenzado a adueñarse de sus intenciones que, por más buenas que parecieran, eran vanas.
Al fin la encontró, y junto a su desconocida musa, decidió dar por terminada aquella creación, la última parte de su plan maestro.

Distancia

por mí

Caminos de zafiros relucientes a la luz de un albor blanquecino, diamantes en la casa angelical, que se derrumba sin piedad sobre vos, sobre mí. Topacios enterrados en su seno inmóvil, piadoso del destino de nosotros, estos seres hechos de piedras, conscientes ellas de sí mismas.
En aquel danzante icor azulino, la luz profunda atraviesa su espesura, llegando hasta quién sabe dónde. Como las estaciones, se transformará eternamente en el éter mismo, que luego se abatirá nuevamente en lo que ya ha sido, en un ciclo perpetuo, de constante cambio. Los colores a su alrededor y en su densidad no cambiarán, se verán inmutables, complacidos por esa ingrávida atmósfera originaria.
Destellos de luz espectral se deslizan por la separación entre mortales y seres de arriba. La mano del artista se mueve con la delicadeza de una flor de loto, apacible en sí misma, aunque la distancia entre el abismo y la perfección es nimia. ¿Quién soy yo en este mundo? ¿Quién es aquel capaz de mirar más allá?