Recuerdo el primer día no conocía absolutamente a NADIE, ningún amigo mío del curso de Ingreso había entrado. Era un mundo totalmente nuevo para mí, estaba… ¿sola?
Ni bien pasé por las puertas un preceptor me indicó que tenía que ir al patio del colegio (que, sépanlo, no lo ¡conocía aún! Y dios mío estaba en el cielo, era bellísimo, EL paraíso)
Bueno, luego de este deslumbre fui a hacer fila india hacia la bandera y ahí me encontré con una chica adelante mío que iba a ir al mismo curso que al mío. 7mo 4ta en ese entonces.
Comenzó con un ¡Hola! ¿Querés ser mi amiga? Todavía me río cuando lo recuerdo, cuando ella asintió un poco satisfecha, un poco no tanto. Nos dijimos nuestros nombres.
Ese día me senté con ella y unos alumnos grandes nos hicieron dividir el curso en dos equipos para jugar un ahorcado y recuerdo que mi equipo se hizo llamar Almorzando con Mirtha Legrand, ¡las cosas de las que uno se acuerda! Qué día emocionante
Veamos… ¿Anécdotas eh? No recuerdo anécdotas, recuerdo días que valieron la pena y días comunes, recuerdo cosas hermosas y otras no tanto.
Si pienso en ámbitos puedo recordar horas libres épicas, como aquella vez en la que le tiramos un zapato a un amiga en un árbol alto y quisimos bajarlo con llaves, que por supuesto se quedaron allá arriba e intentamos luego con un palo largo, terminaron subiéndose a un árbol. Me acuerdo de horas de jugar al chancho, al chin y al tutifruti, de charlas filosóficas también, almuerzos de satisfacción, caminatas interminables alrededor del colegio, el buffet repleto y húmedo, estudiantes de intercambio, diferentes centros de estudiantes, un “yo quiero a mi bandera” y actos preciosos como interminables y ¡Tanta Ciencia! ¡Tanto Arte! Cuánta vida. Mucha ilusión, muchos tropezones (literales muchos) tantas carcajadas… llanto también hubo.
Cuántos ¿te sentás conmigo? Cuántas realidades, cuánto crecí, a veces mucho, a veces poco, en cada fogón, frente a personas, antes y después de pasar las puertas del colegio cada día, cuánto me enamoré, cuánto comí, tantas veces dormí en el patio embarrado y me ensucié, cuántos mates, ¡y lo más importante! ¡Cuántas veces fui al baño!
Recuerdo hacer el T.p. de la Illíada y de la Odisea, de la parábola del mono y de Arturo Illia. Tengo amigas, muchas ¿las nombro?, ¿para qué? Ellas saben que son mis amigas y las quiero ¿para qué muchachas?
Recuerdo Olimpíadas, méritos, mi primera marcha, talleres, el viaje al Medio ¡Cómo me cambió la vida este colegio y todos quienes lo integran!
Y siempre sonreí, siempre, perdón si agota, pero es mi manera de encarar la vida.
No puedo resumir TODO, es demasiado, porque el “Paso por el Illia” está en mi corazón y puede que ahora haya cosas que no mencione, pero no es que las haya olvidado ¡No! No piensen eso, es que… simplemente son muchas cosas ¡son todos! Y hay tanto que no diré, no hablaré sobre mi fiesta de egresados, ni de la semana feliz, la colación o mi viaje de Medio a la Patagonia, pero sé que recordaré todo con una gran sonrisa.
Tantos compañeros, tantos profesores ejemplares que me invitaron a seguir adelante, a no rendirme nunca por nada. Tanta fuerza en los corazones, cuánta genialidad.
¡Los quiero a todos muchachos!