No me gusta verte seria. Regalame una de tus sonrisas…
Traté de explicarle que no podía. Que hay días en que la sonrisa no me nace. Que yo sonrío con el corazón y no con los labios. Que hace mucho tiempo que hice un pacto de honradez con él y le prometí no forzarle nunca a sentir lo que no sentía. Y me prometí a mí misma también no reflejar nunca en mi rostro lo que no siento en el alma.
Él me escuchaba atentamente, con su mirada clavada en la mía, respetando mis palabras con su silencio.
Traté de explicarle que hay días de tristezas y que esos días me gusta liberar las lágrimas. Que los días de tristezas me gusta acompañarme de soledades, porque tengo lágrimas tímidas. Que me gusta desarmar los cajones del alma y revolverlos, deshacerme de los sentimientos ajados y volver a colocar aquellos que, aunque duelan y molesten, me permiten seguir viviendo sin traicionar mi propia esencia.
Él sonrió, sin dejar de mirarme a los ojos, en silencio, ofreciendo su respeto a la lágrima que resbalaba por mi mejilla.
Traté de explicarle que en mi vida hay también días de sombras, donde la cordura juega al escondite conmigo, donde las pesadillas nacen sin esperar a que cierre los ojos, donde los temores del pasado y las incertidumbres del futuro se materializan en forma de magos crueles que hacen desaparecer al presente en el fondo de una chistera. Son días en los que el mundo se convierte en una fría cueva y yo me convierto en mi mayor enemiga. Me odio, me maltrato y me maldigo. Me hundo, me ahogo y me asfixio. Me persigo, me acorralo y me encarcelo. Y aunque a otros les parezca una de las peores formas de masoquismo, yo necesito esos días para poder seguir viviendo. Para seguir sintiendo sin el peso de la culpa, el arrepentimiento, los remordimientos, el rencor o la cobardía. Para mantenerme limpia y despejar de telarañas los rincones de mi mente. Pero todo esto, le expliqué, la gente no suele entenderlo…
Suspiré aliviada y me quedé en silencio. Él aún se mantuvo callado unos segundos más. Y entonces, bajó la vista y, sin mirarme, me dijo: “Después de lo que me has contado, creo que tenés más motivos que nadie para sonreír”.