Este día empieza a crecer,
voy a ver si puedo correr
con la mañana silbándome en la espalda
o mirarme en las burbujas.
Tengo que aprender a volar
entre tanta gente de pie.
Cuidan de mis alas unos gnomos de lata
que de noche nunca ríen.
Si la lluvia llega hasta aquí
voy a limitarme a vivir.
Mojaré mis alas como el árbol o el ángel
o quizás muera de pena.
Tengo mucho tiempo por hoy
los relojes harán que cante.
Y la espuma gira en torno a mi piel,
me han puesto manos para hablarle
a las cosas de mi.
Y al fin mi duende nació,
tiene orejas blancas
como un soplo de pan y arroz.
Y un hongo como nariz,
cuatro pelos locos
y un violín que nunca calla,
sólo se desprende y es igual a las guirnaldas.
Este día es algo de sal,
me dejó vibrando al nacer.
Pesa y es liviano como un hilo sin nombre,
suena un poco a mi guitarra.
Tengo que aprender a ser luz
entre tanta gente detrás.
Me pondré las ramas de este sol que me espera
para usarme como al aire.
Y es que al fin mi duende se abrió,
tiene un corazón de mantel y batón,
y un guiño al ver que todo es verdad.
Ya los gnomos cuiden
a un violín que siempre canta,
nunca se adormece y es igual a las guirnaldas.
Y es que nunca calla, sólo se desprende
y es igual a las guirnaldas.
Muy bien, a partir de ahora quedo en manos del día que empieza a crecer, que ya se acerca. Hoy me fui a anotar a la facultad (Profesorado en Letras en la UNMDP), hay más para aprender todavía: la luz verdadera, las alas que me esperan. Espero que el duende que supo despertar con mi paso por el Illia siga sediento de más y mejores cosas, así como también confío en que los gnomos no dejarán de cuidar al violín que nunca calla, sólo se desprende y es igual a las guirnaldas...