Mi grupo de carpa era "Alpacas huarpes". Alpacas, porque son camélidos simpáticos, y huarpes porque así se llamaba uno de los pueblos indígenas, autóctonos de la zona de Cuyo. La convivencia fue sencilla, porque al ser amigas, todo era más fácil. Aunque, siendo 23 días, es lógico que surgiera algún que otro problema.

Ni bien nos acercábamos a nuestro primer destino, La Rioja, el calor era insoportable. Recuerdo que cuando hicimos una parada en Chamical, me preguntaba si iba a poder tolerar semejantes temperaturas. Al oir nuestras quejas, la profesora Nilda Pérez nos enseñó la respiración "cucurucho", para refrescar el cuerpo. La aplicamos todo el viaje, aunque nunca supimos si era de verdadera ayuda.
Talampaya es realmente hermoso. Cada paisaje, cada color lo es. Lo que no era tan lindo, era el calor agobiante que hacía allí. Luego de las caminatas, que no eran largas (pero cansaban como si lo fueran), lo que más deseábamos era refugiarnos en la sombra y tomar agua fresca (algo bastante imposible ya que el agua se calentaba demasiado rápido y se tornaba intomable).
Llegamos a San Juan. Valle Pintado y Cancha de bochas fueron paisejes que disfruté mucho. Como era de esperar, el calor era de nuevo lo que no me gustaba tanto. Por suerte, con el correr de los días, nos íbamos acoplando al clima.
"La montaña de la muerte", así le decíamos. Más de uno casi hace "efecto dominó" sobre el resto en el intento de bajarla.
Ya en Alta montaña. Pasamos del calor extremo al frío.
Con Herrera, uno de los cazadores de Puente del Inca.
La felicidad de almorzar algo que no sean latas después de tanto tiempo. En Valle Grande, Mendoza. Rafting del día anterior al supuesto fin del mundo. Llegada a Mar del Plata. Se pasó muy rápido, aunque en cierto punto ya extrañaba a mi casa y a mi familia