Hace unos días le escribí una carta a una amiga que se va a estudiar a Capital,
aconsejándola. Pero cuando una aconseja tiende a ser autoreferencial, o a hablar a partir
de sus propias experiencias, para que la otra no cometa ciertos errores, no sufra ciertas
cosas, vea qué cosas lindas se pueden vivir. Pero aconsejar es también una forma de
hablarte a vos misma, y eso es lo que creo que hice.
Le dije a mi amiga que durante toda la vida que tiene por delante intente vivir
intensamente. Que haga lo que ella tenga ganas de hacer, no necesariamente cosas de
jóvenes estudiantes hippies despreocupadxs, pero que esté despierta, perceptiva y
agradecida de lo que elige hacer; que busque momentos de plenitud, que transite los
momentos de dolor sabiendo que son evidencias de que está viva y en movimiento, que
creía que esa era la clave para encontrar momentos de felicidad.
Espero una Malena que no se preocupe tanto, que pierda la vergüenza
y las presiones, sensible, que ame, que juegue, que salga, que disfrute, que viva despierta y
no en piloto automático. Que se conecte con el arte que le gusta,
que sienta esa especie de plenitud que ha llegado a sentir en él. Una sensación parecida a la incertidumbre y el vértigo que se
debe sentir al pie de un precipicio, del que al tirarte no caes, volás.